Hace algunos años se incorporó al acervo de CIFHA un lote de poco menos de cinco mil placas estereoscópicas de vidrio y un puñado de fotografías en papel que pertenecieran a Bernardo Croce, un médico argentino fallecido en los años ’50.

Producido entre las décadas de 1910 y 1930, este material –mayoritariamente de su autoría– responde a un espectro de intereses característico de una época en que tanto la fotografía como lo que ahora llamamos turismo se hallaban lejos de constituir una práctica masiva. Como otros profesionales cultos y de buena posición económica, interesados en las tecnologías que la modernidad ponía al alcance del usuario amateur, Croce fue un ávido coleccionista de imágenes que satisfacían una curiosidad geográfica, artística, arqueológica y etnográfica compartida con numerosos fotógrafos aficionados de similar condición, dentro y fuera de la Argentina. Por otra parte, la elección del sistema estereoscópico para la realización o adquisición de las imágenes señala una fase tardía de la vulgarización de uno de los dispositivos de entretenimiento óptico más populares del siglo XIX, protagonista central del proceso de industrialización de la imagen fotomecánica así como de la consolidación de la fotografía como herramienta moderna de apropiación de una realidad reconvertida, simultáneamente, en objeto de estudio científico y espectáculo de masas.

Nacido en Buenos Aires en 1881, Bernardo Bartolomé Croce fue el tercero de los nueve hijos de un comerciante mayorista uruguayo. A comienzos del siglo XX se recibió de médico y se casó con Ismenia Cánepa, hija de un estanciero genovés radicado en Saladillo con la que tendría dos hijos, Alberto y Alicia Haydée. El grueso del material fotográfico que nos ha llegado corresponde a viajes por diversos puntos de la Argentina y el mundo, realizados por el matrimonio entre los años inmediatamente anteriores al nacimiento de su primogénito en 1915 y las dos décadas siguientes. Bernardo y su esposa murieron con pocos años de diferencia (él en 1956, ella dos años antes) y el archivo, que quedó en manos de su hija –hasta donde sabemos su última descendiente, sin hijos–, permanecería guardado en su casa hasta la muerte de ésta en 2012, cuando tuvimos conocimiento de su existencia.

En sus aspectos más generales, la trayectoria de Croce se ajusta a los imaginarios de ascenso social e interés por los avances de la modernidad que atravesaban a la sociedad argentina de su tiempo. Profesional exitoso y primer universitario de una familia inmigrante, propietario de un amplio petit-hôtel en el barrio de Belgrano, Croce fue un visitante asiduo de Europa y Mar del Plata, a la vez que un prolífico fotógrafo y cineasta aficionado. Un evidente interés –tan caro, como señalaría Susan Sontag (2006), a la inserción de la fotografía en la vida cotidiana del siglo XX– por dejar testimonio de su prosperidad y felicidad familiar determinó la producción de un vasto archivo de imágenes, del que sobrevive un total de 4867 fotografías estereoscópicas en vidrio (de las que 106 son negativos) y una veintena de copias positivas monoscópicas en papel a la gelatina de diversos formatos, incluyendo la única estereoscopía en papel de la colección.

En uno y otro soporte –a lo que debería agregarse un número indeterminado de filmaciones en 16 mm, hoy perdidas– la temática general es la esperable en este tipo de registro: viajes por el interior del país y al extranjero, en un arco geográfico que va de Uruguay a China, África y el norte de Europa. A destinos obligados para los turistas de la época como Francia, Italia o Alemania –con sus escalas en Montevideo y Río de Janeiro– se suman otros menos habituales, como la Península Escandinava, Dinamarca, Hungría o Checoslovaquia, además de un amplio abanico de colonias europeas en África, el Cercano Oriente y el sudeste asiático. La diversidad de temas es típicamente correlativa a la geográfica y abarca paisajes, arquitecturas emblemáticas por su importancia histórica o su carácter innovador; construcciones de infraestructura portuaria, caminera o ferroviaria que dan cuenta de la transformación del paisaje por la modernidad; salas de museos y monumentos en espacios públicos; rituales, fisonomías y escenas cotidianas de tribus asociables al estereotipo del salvaje o poblaciones más o menos exóticas de Asia o Europa; retratos del autor o sus acompañantes en situaciones diversas; registros de actualidad, en fin, como la Gran Guerra, la visita del príncipe de Gales a Buenos Aires o las multitudes de la Italia fascista.

Bernardo Croce fue un fotógrafo aficionado. Su producción alcanza picos de calidad técnica que se mantienen estables a lo largo de dos o tres décadas en una parte importante de su acervo. También produjo, en esos mismos años, centenares de placas subexpuestas, movidas, fuera de foco o con exposiciones dobles. La evidente habilidad para componer aprovechando al máximo los recursos provistos por el dispositivo estereoscópico es evidente en cerca de un millar de sus tomas, pero otras tantas exhiben resultados sumamente desparejos. Como otros viajeros y fotógrafos cuya masividad era todavía emergente en la sociedad de su época, se dejó sorprender y seducir por lo curioso, lo desconocido, lo monumental y lo banal, que convirtió, cámaras y visores mediante, en un espectáculo que regalar a sus amigos, su entorno familiar y descendencia. Tomó decisiones temáticas, de género, compositivas y técnicas en las que seguramente pesó la lectura de tratados y revistas como los mencionados al comienzo de este artículo, pero también un volumen igualmente incierto de instantáneas célebres, películas, obras de arte y fotografías familiares observadas en su casa o en las de sus amigos, en la misma red de sociabilidad en la que insertaría más tarde las imágenes que realizó o compró en sus andanzas por el mundo.

Nos queda de él, en todo caso, un acervo de casi cinco mil fotografías que documentan –todas y cada una por igual– mucho más que la intención, más o menos explícita o inexistente, de producir obras de arte, pruebas históricas o testimonios de la dicha familiar. Son, ante todo, testigos elocuentes del universo de expectativas, ambiciones, temores y anhelos con las que un habitante de Buenos Aires elaboró, en la primera mitad del siglo pasado, el mapa de referencias que consideró necesario para sentar su posición en el mundo que lo rodeaba. Su valor patrimonial se desprende de todo lo que tenga para decirnos, que será, ante todo, lo que sepamos preguntarle.

Diego Guerra

Buenos Aires, Agosto 2017.

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